Clube de Adictos a Deep Purple

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Púrpura Chess

This blog is basically a musical site. Here we talk about the music we like, using different angles. As dear and missed Jon Lord once said: “Music is the highest kind of Art that exists”. I think the same way too.

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viernes, 26 de junio de 2026

Para qué escucha/usa la gente la canción "Smoke On The Water". XIII.


Volvemos a vernos las caras de nuevo, sin darnos casi cuenta hemos dado una nueva vuelta al sol. Parece que fue el otro día cuando estábamos comentando la segunda entrega sobre las motivaciones que movían a la gente a asistir a los festivales musicales -amenazamos con preparar una tercera en cualquier otro momento- y de nuevo volvemos a encontrarnos con los calores propios del estío. Se vienen esas estupendas jornadas de pies descalzos sobre la arena, de días sofocantes y noches nebulosas, de descontrol a veces controlado o de contemplar en el horizonte del océano el ocaso que representa la victoria de la luna frente al todopoderoso sol mientras sujetas con tus dedos la bebida bien fría que tanto disfrutas junto a esa compañía tan especial.

Volvemos con esta sección que aborda de manera tan subjetiva, irreverente e imposible los diversos avatares de la cuestión musical que tanto nos apasiona a muchos de nosotros. Esta vez hemos decidido darle una nueva vuelta a la tuerca, sin miedo alguno a pasarnos de rosca, para abordar los motivos y usos usos que le podemos dar a una canción tan inmortal como es “Smoke On The Water”. Si nos ponemos a pensar en aquellas canciones que han alcanzado un éxito, trascendencia y reconocimientos por sí mismas, estarás de acuerdo -estimado lector- que “SOTW” es una de las primeras de la lista.

“Smoke On The Water” pasa por ser la carta de presentación de sus creadores, el grupo Deep Purple, pero también puede definir sin despeinarse todo un género musical. Ha pasado el test del tiempo con grado de excelencia y se puede decir que es uno de esos temas conocidos por todas las generaciones que le han sucedido; vamos, que a todo el mundo le suena o conoce. Una canción más grande que la vida. Esto no solo lo suscribe este humilde escriba, caso perdido para la sociedad -Barón Rojo dixit- y enfermizo apasionado del Rock, sino que otras gentes, organismos y asociaciones de la más variada enjundia se rinden ante las cotas de popularidad del mítico tema de los Purple. Como pequeño botón de muestra nos encontramos una encuesta realizada en 2008 entre los alumnos de la prestigiosa escuela musical de Londres, Tech Music School, en la que resuelven que el inicio de “Smoke On The Water” es el mejor riff de Rock’n’Roll jamás grabado. Esto no está al alcance de cualquiera.

No quiere decir esto que la canción que se inspiró en el humo que produjo sobre el bucólico lago de Ginebra el famoso incendio del casino de Montreaux un 4 de Diciembre de 1971 durante una actuación de Frank Zappa sea la mejor composición de la historia de la Música, de hecho los propios Deep Purple tienen en nuestra humilde opinión doscientas canciones mejores, aquí nos referimos al grado de popularidad y la impronta alcanzada que la hacen reconocible a nivel mundial e incluso bandera de todo un estilo de música; es por esto que la hemos escogido para este deslavazado intento de artículo. Sin pensarlo demasiado hemos reunido unos dieciocho usos, que van desde los más obvios hasta los solo imaginables por mentes que rayen la esquizofrenia; lo que sí os podemos asegurar es que para cada perfil de los que vamos a desarrollar a continuación hay ejemplos reales, algunos de ellos tan atómicos como descolocantes. Nuestro agradecimiento a esos seres de luz que abren inesperados caminos para el resto de nosotros, pobres mortales, dándonos vida y nuevas perspectivas.

Por supuesto no todo el mundo estará de acuerdo con estas aseveraciones; sin problema, contamos con ello. No le puedes caer bien a todo el mundo y pretenderlo es tan ridículo como estéril. Para todo el que quiera y sienta curiosidad, te invitamos a zambullirte hasta el fondo en el surrealista universo “SOTW” que aquí te retratamos. Y si además se te ocurren otras cuestiones relativas al motivo de este artículo, te animamos a que las compartas con todos nosotros. Feliz verano.


 

Porque le gusta.

Este vendría a ser el uso más evidente y más de Perogrullo, si se me permite la expresión, que cualquier avezado oyente le daría a esta canción y a cualquier otra; la música es un descubrimiento maravilloso que en su día realizaron la intuición y el intelecto humano y que nos lleva colmando de felicidad a muchos de nosotros, adictos sin remedio a su suculento y vital picotazo. El funcionamiento del dispositivo es muy sencillo, que no simple: la música fluye libre por el universo en sus propios parámetros espacio-temporales y alguien con el talento necesario se ubica en sus mismas coordenadas para extraer la inspiración creadora que la transforma y la lleva a nuestro lenguaje auditivo. De pronto, y sin una explicación empírica razonable, tenemos una canción. Los que saben del asunto técnico la graban, los mercaderes de turno la ponen a disposición del personal -siempre buscando el beneficio económico y la pertinente explotación empresarial, nada nuevo bajo el sol de nuestra triste condición humana- y finalmente acaba entrando por la oreja de cualquiera de nosotros por el canal más insospechado. Se ha producido la magia de la música y ahí estás tú para degustarla. Y algo se haría bien con “Smoke On The Water”, que ha alcanzado un estatus de éxito y reconocimiento solo destinado a un selecto puñado de canciones escogidas.

Lo lamentamos; ya nos hemos puesto filosóficos desde el principio, por lo que auguramos que muy pocos seguirán degustando esta sucesión de letras, pero... así está el patio. Mira, igual que la propia música: lo que para unos es sublime, para otros es basura. La vida misma.

 

 

Para disfrutar.

Pues claro que sí, siempre es saludable y necesaria una pizca de diversión. Las personas vivimos más, mejor y de manera más intensa cuando saluda la sonrisa; no hablamos de esa mueca que muchas veces nos vemos obligados a impostar en nuestro día a día o por los estúpidos convencionalismos sociales, nos referimos a esa sensación tan sincera como sencilla que sale de tus adentros de la manera más casual y que irremediablemente acaba en sonora carcajada… y si ocurre en esos momentos en los que supuestamente debes permanecer serio, obligado por las muchas veces ridículas reglas sociales, esa sonrisa furtiva se disfruta todavía más. En serio, tener una actitud alegre y positiva ante la vida te ayuda y predispone de la mejor manera para recorrer sus muchas veces enrevesados vericuetos. Hasta hay estudios -es que hay estudios para todo, oiga- que demuestran que las personas felices y con actitud positiva ante la vida suelen gestionar mejor los problemas… y hasta vivir más años.

Si hay un sitio por excelencia para disfrutar y dar rienda suelta a todas tus emociones, hasta las más escondidas, ese es un concierto… de Rock, a poder ser; ya se sabe, aunque aquí respetamos a casi cualquier género musical, aquí la cosa va de caña. Y si tenemos en cuenta que la mayor parte del público aumenta su excitación cuando suenan aquellas canciones que más conocen y aman, cuando llega el turno de “Smoke On The Water” -la toquen los propios Purple o cualquier grupo de versiones en general-  el patio de butacas se viene abajo. No es broma, el que esto escribe ha tenido el placer de contemplar con pupilas ojipláticas como una importante parte de la audiencia se vuelve on fire cuando suenan los primeros acordes de “SOTW”. Esto también daría para pensar un poco, pagas por ver una actuación de cualquier grupo en directo y hay gente que parece que no se está enterando de nada hasta que suena “SOTW” o cualquier otra versión de esos clásicos que todo el mundo conoce; ¿no conoces la música del grupo que has ido a ver?, ¿la conoces, pero no te interesa?...entonces ¿para qué vas?, ¿te vale con disfrutar una sola canción de todo un repertorio?, no sé. Desarrollaremos algunos de estos inquietantes interrogantes más adelante, de hecho los abordamos en esta misma sección cuando tratamos el tema de para qué va la gente a los conciertos.

Pero no solo del directo vivimos los pobres mortales, cualquier grabación de estudio te permite disfrutar de esas grandes canciones en el momento que estimes más oportuno. Es un verdadero placer y disfrute dejar que la buena música, esa que te gusta tanto, se adentre en tu interior, te ponga en modo positivo y te alegre el día; por muy asqueroso que este se presente. Es cierto, el inmenso poder de la música eleva tu espíritu y te sube la moral más que el mejor antidepresivo. Si amaneces sumido en un día de esos de mierda no hay nada mejor que salir a calle, ajustar los cascos a tus orejas, seleccionar la versión de “Smoke On The Water” que aparecía en el disco en directo de Purple titulado “Come Hell Or High Water” y dejar que la sutil introducción a la guitarra de Ricthie Blackmore te vaya seduciendo hasta que el inicio del tema explota frente a un auditorio rendido a sus pies. Pocas cosas hay mejores que esto.

  

 

Para referirse a ella como muestra de admiración, veneración o respeto.

Seguro que “Smoke On The Water” no es el mejor tema de Deep Purple, desde luego que para este humilde escriba hay muchas mejores en su abultada discografía, pero no es menos cierto que es el tema más famoso, popular y representativo de la Púrpura Profunda. Como ya hemos comentado antes no solo ha pasado a convertirse en una especie de himno representativo del grupo, es que se ha acabado transformando en la canción puede que más representativa y definitoria del Rock duro. Es verdad que también comparte pedestal con temas como “Starway to heaven”, “Still loving you”, “Keep a knocking”, “Great balls of fire”, “Doctor doctor”, “Whiskey in the jar” y otras cuantas escogidas, pero para el que esto escribe -siempre opinión personal, no se busca sentar cátedra con este escrito- “SOTW” está un pequeño escalón por encima de todas las demás en cuanto a éxito y reconocimiento. Por Dios, pero si hasta hay peña que tararea el archiconocido inicio: mi sol la / mi sol la# la / mi sol la / sol mi, o sea: tan tan tán, tan tan ta tán, tan tan tán, tan tan… si saber ni de qué grupo es. Que esa es otra cuestión digna de estudio: cuando un grupo/artista alcanza lo que podríamos denominar como mega estrellato, resulta que la gente paga por asistir a sus conciertos, compra camisetas con sus nombres serigrafiados y se les llena la boca refiriéndose a los mismos. De conocer su música, poseer o al menos escuchar sus discos, poquito. Auténticos ternascos que pastan por los vastos campos de la ignorancia más atrevida y estúpida mientras se ponen en triste evidencia en cuanto abren la boca. Pero no les importa esto demasiado, se sienten reconocidos dentro de la autocomplaciencia de su inmenso ombligo cuando son aplaudidos por la caterva de palurdos que les ríen las gracias y que tienen el mismo desconocimiento supino sobre las propias cuestiones que vociferan con su irritante y pedante condescendencia. Resulta que charlas de modo casual con alguno de estos sujetos sobre el grupo que supuestamente idolatran y sucede que no tienen ni puta idea de su música; como mucho se habrán trabajado alguna de sus canciones más famosas, en el caso de Purple este “Smoke On The water”. En fin.

Pero no desanimarse. Por otro lado tenemos a personas validísimas, que imparten lecciones vitales cada vez que toman la palabra y que no dudan en rendirle sentido homenaje tanto a la importancia de “Smoke On The Water” como a los propios Deep Purple dentro del devenir de la Historia de la Música. Es normal referirse a “SOTW” cuando quieres elogiar la música del mítico grupo británico, ya que es su referencia musical más inmortal. Desde periodistas, cineastas, políticos, escritores, pintores y demás artistas hasta gente relacionada con la propia industria discográfica como productores, ingenieros, técnicos o CEOs de compañías discográficas -estos últimos seguro que los menos sinceros y más interesados- no tienen problema alguno en rendir el merecido culto y pleitesía a tan inmortal canción cuando han sido preguntados. Sin ir más lejos, la prestigiosa publicación Rolling Stone ha reconocido a “SOTW” como uno de los mejores himnos de la historia del Rock. Y, por supuesto, los propios músicos, pero esto merece comentarse en un apartado exclusivo dedicado a ellos que desarrollaremos más adelante.

Ritchie Blackmore. El creador del riff inmortal.

 

 

Para aprender a tocar la guitarra.

Todo un clasicazo. Esta es una pregunta para todo aquel que en algún momento de su vida haya dado sus primeros pasos aspirando aprender a tocar una guitarra: ¿quién no ha intentado pulsar en los trastes para hacer sonar la introducción de inicio del “Smoke On The Water”? Claro que sí: todos. Esta pregunta en un principio se podría realizar a gente que le guste o haya escuchado alguna vez Rock, pero pienso incluso que se le puede realizar casi a cualquier sujeto que sienta o haya sentido alguna vez el más mínimo tipo de inquietud por la cuestión musical. Si hay un riff icónico por excelencia y conocido mundialmente, ese es el del inicio de “SOTW”. No es broma. Esto no lo pensamos solo cuatro tarados enganchados sin remisión a la causa de Deep Purple y de toda su numerosa saga musical, numerosos eruditos del asunto este del Rock’n’Roll, prensa musical especializada -que no está del todo claro que realmente entiendan algo del asunto este del Rock’n’Roll-, ejecutivos de la industria discográfica -estos seguros que todavía entienden menos del susodicho asunto-, locutores de radio, productores, ingenieros, promotores y demás gentes que tienen una relación más o menos directa con estas músicas que nos vuelven locos a algunos de nosotros son de opinión similar con respecto a la grandeza e impronta atemporal del manido riff que salió un día de la cabeza y del talento del guitarrista Ritchie Blackmore. Si incluso hay tiendas de instrumentos musicales en las que se prohibe tocar el susodicho inicio de canción, pero esta delirante cuestión mejor la desarrollamos en otro apartado específico.

Qué recuerdos de jovenzuelo queriendo aprender a tocar la guitarra. Antes, que no había internet ni otras mierdas por el estilo, para cualquier joven efebo que necesitaba extender su pasión por la música a lo largo del mástil de cualquier cosa que se pareciese mínimamente a una guitarra, tenías que tirar de escuchar una y otra vez los discos -en muchos casos cassettes grabadas- de tus artistas preferidos para intentar emularlos. No había fácil acceso a estudios reglados, de hecho si querías aprender a tocar algo de Rock y Heavy te miraban como si ya fueses un peligro social carne de reformatorio. En el fondo esto de escuchar una y otra vez las canciones es una de las mejores escuelas para educar a tu oido, esencial por otro lado para poder hacer y disfrutar de la música en una dimensión superior. Y una vez que te sumergías de cabeza en esta dirección, uno de los primerísimos pasos era tocar el “Smoke On The Water”. Luego, si eras capaz, tenías ganas, muchas horas que invertir y talento, llegabas a abrir las verjas y entrabas en el paraíso musical… y, solo si seguías por ese camino y te había tocado el dedo divino, podías llegar a convertirte en uno de esos genios escogidos que ofrecen al resto de la humanidad algo único y que les puede hacer un poco más felices.

 

 

Para tocarla en tiendas de instrumentos musicales.

Como antes se ha comentado, sucede que “SOTW” es una canción tan famosa y reconocida en el mundo entero que hay tiendas de instrumentos de música en las que están colgados carteles al lado del apartado de las guitarras eléctricas en los que reza una sentencia que más o menos viene a decir que está prohibido tocar el inicio de la canción “Smoke On The Water”; imagínense cómo estará el asunto. Uno se puede imaginar con meridiana claridad al dependiente de turno de la tienda cuando asomen por allí unos chavalitos con pasta en los bolsillos/tarjetas y, para probar la guitarra que les haya llamado la atención, comiencen a hacer sonar ese tan tan tán...  una vez más. Bonita broma que deja claro el marchamo de inmortalidad de dicha tonadilla.

Hay canciones que son buenas, coquetas, que te llegan a la primera escucha, pero que si las pasas por tu oreja un número elevado de veces puedes llegar a cansarte de ellas; cada uno considerará por sí mismo cuántas veces se puede considerar dicho número de repeticiones como elevado, seguro que los umbrales de dolor son muy heterogéneos. Y “SOTW” cumple todos los requisitos para estar dentro de ese selecto grupo de canciones. Para un buen puñado de seguidores de Deep Purple, que llevan escuchando su música toda la vida -algunos incluso todos los días de su longeva vida-, es verdad que este clásico inmortal de Purple puede llegar a desfondarles en determinados momentos. Esto es algo que le puede ocurrir a todos aquellos fans que disfrutan escuchando las grabaciones piratas del grupo púrpura; vamos, los cutremente llamados bootlegs… es que hoy en día anglicicamos hasta la sandez más ridícula buscando igual resultar cool, aunque esto solo te haga parecer más bien un triste palurdo que se vanagloria de ser lo más in. En fin.

Este humilde escriba sin ir más lejos, tras años y años escuchando una y mil veces los diversos discos y piratas de Deep Purple, cuando se acerca el final de concierto grabado de turno y comienza la mítica canción objeto de nuestra vasta disertación, hay veces que siente en su piel una sensación de apatía debido a la sobreexposición de tan letal riff. Sin embargo, no te sucede lo mismo tras escuchar cien mil veces cosas como “Child in time”, “Space truckin” o “Anya”, por citar algún ejemplo rápido. De este modo, uno se puede poner sin problemas en la piel del sufrido vendedor de guitarras de turno, hastiado de la vida cada vez que va cualquier tocacuerdas a preguntar por los determinados modelos del preciado instrumento, pide sostenerlo entre sus manos y sus dedos casi de manera inconsciente se van al mástil para iniciar el diabólico riff. Y si le acompañan los colegas, mucho peor; la demostración musical purpeliana estará asegurada.


 

 

Para tocarla en eventos sociales.

Todavía los del apartado anterior tienen su excusa para tocar “SOTW” en cuanto una posible nueva guitarra llega a sus manos, esa posible nueva adquisición tiene que probarse mínimamente y tú, como vendedor, lo sabes. Más peliaguda resulta la situación en la que en cualquier tipo de reunión social aparece uno de los integrantes de dicho grupo con su guitarra bajo el brazo y presto a demostrar sus dotes artísticas al resto del personal. La cosa sin duda promete salir del umbral de la indiferencia.

Aquí pueden solaparse diversas casuísticas. Por un lado tenemos a gente que toca la guitarra, normal, bien, muy bien o que te cagas y el improvisado público simplemente desea escuchar a la persona poseedora de ese talento en su medio natural. Es lo que muchas veces sucede en los locales de ensayo, que los amigos de los músicos van a escucharlos tocar; siempre que sean bienvenidos en las instalaciones, que suele ser lo normal. Benditos locales en los que se han pasado horas de diversión y plenitud, tanto por los músicos como por los allegados oyentes que los visitan; de hecho hay gente de los propios grupos que te suele decir que muchas veces hay determinados ensayos que salen mejor y son más gratificante que las propias actuaciones en vivo. Si tienes la suerte de poder llamar amigo a uno de esos músicos tocados con el dedo divino para tocar música, entenderás de inmediato lo que aquí se está comentando. Incluso esa gente poseedora del talento de la interpretación no suele gustar de tocar su instrumento en reuniones sociales, disfrutando de la tranquilidad de una charla en lugar de colocar una demostración virguera con calzador donde muchas veces no procede. Normal, saben lo buenos que son y no necesitan llamar la atención en encuentros sociales.

Por otro lado tenemos la vertiente contraria, esto del Ying y el Yang es tan humano como la vida misma. Hay sujetos que anhelan tocar la guitarra, lo intentan e incluso llegan a sacar algo de mínima enjundia de sus cuerdas, pero nunca van a llegar a la sustancia… y lo saben. Les toca aceptar vivir en esa especie de dicotomía perversa del quiero y no puedo que les frustra. Son los peligrosos, en cuanto detectan la más mínima posibilidad de sentirse centro de atención en una categoría que no les ha aceptado van a revolcarse en ella con todo su ser. Estos peculiares seres no dudarán ni un nanosegundo en sacar su instrumento hábilmente habilitado para la ocasión y deleitar al personal que casualmente haya tenido la mala fortuna de coincidir con ellos en las mismas coordenadas espacio-temporales dentro de una estancia cerrada con su intrépido repertorio musical. En estos casos de encerrona total y sin posibilidad de escape, “SOTW” suele ser una de las piezas utilizadas para la tortura.

 

 

Para tocarla en el momento más insospechado.

Evolución pasada de vueltas del apartado anterior. Vas caminando por la vida y de pronto, a la vuelta de cualquier esquina, te puedes encontrar a cualquiera agarrando una guitarra y tocando música, generalmente para recaudar algo de dinero. Te montas en el metro, te acomodas de la manera más cómoda o menos incómoda que las condiciones del vagón te permitan y en el momento más insospechado aparece cualquiera con un micro, un altavoz, una guitarra, una flauta de pan, un ukelele o cualquier otro engendro ideado por la muchas veces perversa mente humana, dispuesto a calzarte su particular concierto. Esto puede ser especialmente irritante si ya llevas tu propia música incorporada en tus auriculares; porque, solo es un suponer, puede que no te apetezca escuchar el sonido pasado de decibelios que salga de la dichosa flauta de bambú… incluso puede que lo detestes en sí mismo. No pasa nada, El elevado sonido de nuestro nuevo mejor amigo te obligará amablemente a que dejes de disfrutar tu música y pases a escuchar su arte sin que tan siquiera haya pedido tu opinión. Cosas del arte y de los artistas. Aunque “SOTW” ha sonado y seguirá sonando dentro de los repertorios de estos artistas urbanos, todavía no me he topado con una versión del clásico inmortal de Purple interpretado por cualquier aerófono. Mira, igual hasta mola.

Pero el poder mortífero de “Smoke On The Water” puede ir más allá. En otro tipo de contextos tan inesperados como inexplicables puede emerger de la nada cualquier misterioso desconocido que decida que es buena idea compartir con el resto de sus supuestos semejantes sus dotes musicales. El que esto escribe tuvo el dudoso placer de disfrutar de un improvisado concierto para voz y guitarra española solista interpretado… en un cursillo de formación laboral… por uno de los propios educandos … sin aviso previo. Nuestro inesperado elemento asistió a la última ponencia de una actividad de esas de formación que te obligan de manera amable a realizar en tu actividad remunerada, con su guitarra bajo el brazo, y nos endiñó un mini concierto de esos que no se olvidan. No bromeo, es todo verídico. Por supuesto, una de las piezas que no faltó fue la que ya supones: “Smoke On The Water”.

Artefactos ideados para arruinarte el día si te topas con ellos.

 

 

Porque es famosa.

Que “Smoke On The Water” es una canción famosa y reconocida en el mundo entero es una verdad difícilmente refutable. Desde que se publicó en 1972 lleva sonando a lo largo y ancho del mundo entero. Y lo más curioso es que cuando el propio grupo la grabó no pensó en ella como en un éxito potencial, de hecho ni siquiera la sacaron como single de promoción. Recordamos que se publicó dentro del álbum “Machine Head” en el año 1972, otro clasicazo de Purple y del Rock en general, pero no la usaron como punta de lanza del disco. Los dos primeros singles fueron los temas “Never Before” y “Highway Star”. Hubo que esperar hasta Mayo del año siguiente para que por fin saliera en formato single, una vez en el mercado el directo “Made In Japan” y la consiguiente explosión total en cuanto a popularidad y ventas del grupo. Se publicó el single de vinilo en sus dos versiones: en estudio y en directo.

 

 

Para definir un género musical.

“Smoke On The Water” ha conseguido alcanzar tal repercusión a lo largo de todos estos años que ya no es solo un tema musical que aparece dentro de un disco, sino que ha llegado a la categoría de marca por sí mismo. Se puede decir sin miedo al equivoco que es una de las pocas canciones que pueden usarse como punta de lanza para especificar un género musical; el Rock, por supuesto. Cuando cualquier experto en la material sónica se quiere referir a grandes rasgos al género musical que tan locos nos vuelve a millones de nosotros a lo largo del vasto mundo y busca alguna canción de referencia que lo referencie así, a las primeras de cambio, es un hecho que se suele tirar de “SOTW”. Ojo, no solo de ella, pero suele estar por ahí siempre que se abordan estos menesteres. Ya hemos comentado que “SOTW” comparte prestigio con otras melodías como “Rock’ n’ Roll”, “Highway to hell”, “You really got me”, “Born To Be Wild”, “Satisfaction” y alguna que otra elegida más. Eso si hablamos de Hard Rock, que si nos movemos tan solo un poquito hacia el Heavy Metal enseguida aparece en el memorándum colectivo el tema “Breaking The Law” de los Judas Priest. Por supuesto. 

Y si hablamos de las canciones que puedan usar los profanos en cuestiones musicales si son ellos los que quieren referirse a estas inquietudes de denominación y/o explicación del asunto polifónico, todavía es más claro el uso de “SOTW” cuando se quiere hablar de Rock. Normal, el abanico de conocimientos se reduce en ocasiones hasta el extremo más sucinto y, cuando se domina poco o nada el propósito sobre el que quieres departir, ahí aparece “SOTW” raudo y veloz al rescate de nuestro encantador interlocutor de turno. 



Como protagonista/banda sonora de eventos, homenajes y todo tipo de causas musicales y extra musicales.

Nuestro manido pero querido “Smoke On The Water” también se suele usar como punta de lanza para eventos de variado pelaje, reuniones celebrativas, ofrendas, premios o para mil y una causas benéficas. Nada mejor que uno de los temas más reconocidos de la industria discográfica para su uso de las formas más delirantes que pueda elucubrar el siempre insondable intelecto humano. Los propios Deep Purple han sido invitados en multitud de ocasiones para ser galardonados con premios y reconocimientos de diversa enjundia. Esto de los homenajes es casi siempre tan descolocante como desconcertante, pero sin duda a la cabeza de los mismos estará siempre -aunque no tenga nada que ver con la cuestión musical que tenemos entre manos, vamos a hablar ahora del incierto mundo del fútbol- el que hace unos años le ofrecieron a Vicente Del Bosque. El que fuera jugador y entrenador de este noble pero explotadísimo deporte recibió el Nabo de Oro al ser nombrado cofrade de la Hermandad de Amigos de los Nabos en la localidad asturiana de La Foz de Morcín. Sí, un nabo. A ver, son una agrupación de amigos del nabo; no te van a premiar con un botijo. Todo mi respeto a dicha hermandad asturiana, pero es que la cosa tiene su punto irreverente y cachondo. Te reconocen en una asociación… y te premian con un nabo… de oro. Insisto en que aquí no buscamos la burla ni la risa fácil; pero desde esta hermandad espero que sepan entender que todo el asunto, si lo escuchas a quemarropa y siempre sin profundizar, hace que lo primero que esboce el gesto de tu cara sea una sospechosa sonrisa.

Nuestro hombre engalanado para la ocasión y besando solemne un nabo.

Pero dejando de lado las hortalizas, podemos comentar diferentes eventos e iniciativas que han tenido a “Smoke On The Water” como invitado especial. Sin ir más lejos, recordamos el disco que se grabó para ayudar a las víctimas del terremoto de Armenia ocurrido en el año 1988. Un elenco de músicos de Rock duro se reunieron para recaudar dinero que ayudase a la reconstrucción de la zona objeto de la catástrofe natural. Bajo el título de  “Rock Aid Armenia” se publicó una nueva versión de SOTW realizada para la ocasión un buen puñado de músicos de esos de los de categoría especial. Incluso los propios creadores de la canción, Ian Gillan y Ritchie Blackmore, participaron en las sesiones de grabación… en días distintos, para no verse las caras, ya que por entonces estaban especialmente discutidos. 

  

                                   "Rock Aid Armenia". "Smoke On The Water". 1989. Vídeo oficial.

 

 

Para lograr un récord guiness.

Es tan atemporal esta conocida canción que hasta la utilizan los propios Deep Purple para fines más allá de incluirla dentro de los setlist de sus giras y actuaciones en directo; bueno, en realidad forma parte de alguno de esos usos delirantes que nacen de cabezas tan desestructuradas como sorprendentes.

Uno de esos atómicos e imposibles usos es el que se le ocurrió a alguien que decidió juntar en un lugar y momento determinados a un ingente número de guitarristas para interpretar a la vez en directo el mítico "SOTW". Sí, sucedió en Vancouver durante el año 1994. El lumbreras que parió semejante extravagancia decidió un día que era buena idea reunir a todos los músicos posibles para tocar a la vez el mundialmente famoso riff que da comienzo a “Smoke On The Water”. La idea era lograr una marca que se pudiese inscribir en el Libro Guinness de los Récords. Los motivos que pueden mover a algunos sujetos a realizar las sandeces más disparatadas el mayor número de veces posible por el mero hecho de aparecer en un ridículo libro que los registra es algo que se me escapa por completo y que vuelve a demostrar sin apenas esfuerzo todas las disparatadas contradicciones que alberga la siempre impredecible condición humana.

Y en estos menesteres, algo tan mundial como “Smoke On The Water” no se iba a quedar de perfil. Una de esas mentes inasequibles al desaliento se remangó y se metió en harina hasta el corvejón. Ni corto ni perezoso logró reunir en la capital canadiense a 1322 guitarristas -sí, mi sufrido lector, has leído bien: mil trescientos veintidós- interpretando al unísono tan reconocible tema. Gentes de todas las edades con su instrumento en mano y preparados para comulgar en una sagrada comunión junto a esos iguales en cuyas cabezas también tiene sentido la sagrada misión para la que han sentido la llamada. Lograron el récord, ya lo creo. Para no echar gota. Imagínate que eres uno de esos mil y pico guitarras. Eres un joven efebo que vives en la tierra del tío Sam; una buena mañana te levantas, desayunas tu bagel o la grasa saturada que acostumbres en ese momento del día y les dices a los seres queridos que comparten espacio vital diario contigo que te vas a una convención de músicos para tocar juntos y a la vez el “SOTW”. Impagable será contemplar el semblante que se le quedará a tu progenitor, pensando en el dinero que ha invertido en tu educación y vislumbrando con horror mientras un sudor frío recorre su espina dorsal que tal vez el carísimo colegio privado que te costearon durante todos estos años igual no ha dado los frutos que ellos esperaban.

Pero lo más cachondo del asunto es que… años después el récord fue superado. En efecto, un tres de Junio de 2007 se reunieron en la localidad americana de Kansas City la friolera de 1721 músicos con su hacha eléctrica entre las manos para seguir con semejante dislate sónico que les llevase a inscribir su nombre en el librillo de marras. Poco dura la alegría en casa del pobre, ya que un nuevo récord apareció para desbancar esta nueva marca… tan solo veinte días después. En la localidad alemana de Leinfelden-Echterdingen el grupo Party Blues in Bb logró acompañarse de unos 1800 elementos que volvieron a hacer sonar las inmortales notas que un día encontró dentro de su cabeza Ritchie Blackmore.

Finalmente, el 1 de mayo de 2009, en la localidad polaca de Wroclaw se unieron 6346 guitarras para elevar este singular y atómico récord a un nuevo nivel. Incluso contaron con la presencia del que por entonces fuera guitarrista oficial de Deep Purple. En efecto, Steve Morse añadió el sonido de las cuerdas de su guitarra a tan singular momento que se llevó a efecto durante el festival de música Thanks Jimi Fest. Si no puedes con tu enemigo, únete a él; eso debió pensar el bueno de Steve.

Pero no se debieron quedar a gusto los nobles habitantes de Wroclaw, al cabo de un tiempo les debió empezar a picar el culo de nuevo y decidieron montar otro macroevento en el año 2016 que reunió a 7356 guitarristas orgullosos de hacer sonar al unísono nuestro entrañable y atemporal riff. Cosas que pasan por determinadas cabezas humanas y que resultan de imposible comprensión para el resto. 

“Smoke On The Water” y su poder letal. Por cierto, que alguien me explique dónde están las convenciones de músicos para interpretar cualquier cutre tema de cualquier cantautor, cualquier popero, reguetonero, indiero -o como coño se escriba- o incluso cualquier otro riff de Rock. “SOTW”, una música única, especial y de récord guinness.


 

 

Según el tipo de seguidor.

Para gustos los colores, afirmación que engarza como anillo al dedo para este apartado. Cuantas más personas contemplen una manifestación artística, más opiniones diferentes van a ser generadas al respecto. De este modo, cuántas más orejas reciban entre sus paredes una canción, aparecerá un mayor abanico de reacciones al procesarla; y si hay una canción que tiene el marchamo de ser escuchada y conocida por un número mayor de personas, esa es nuestra entrañable "SOTW".

El famoso tema purpeliano puede que sea uno de esos pocos escogidos que atesora una popularidad tal que ha logrado dar ese salto cualitativo que lo ha convertido en algo más grande que la vida. Y cuando algo pasa a formar parte de un colectivo tan global, es inevitable que los posicionamientos hacia el mismo sean de un variado tan superlativo que incluyan un abanico de opiniones desde las más obvias hasta las más imposibles o solo planteables por intelectos atómicos dignos de estudios psiquiátricos. Y en el fondo esto es algo normal y propio de nuestra peculiar naturaleza. Cuando algo es de fácil acceso y mucha gente opina, resulta tentador tirarte al barro y compartir con el mundo tu propia opinión... aunque no tengas ni idea de lo que hablas. Otra de las dudosas bondades de nuestro nuevo mundo digital y global.

Aunque solo este apartado daría para articular un artículo denso y completo en sí mismo, por ahora simplemente vamos a acercarnos de manera somera a la superficie. Desgranamos a continuación unos pocos subgrupos de esos que afloran en tu cabeza cuando piensas sobre esta disquisición de manera frugal. Son estos:  

           Subgrupos:

    Momento culminante de un concierto en directo.

Para este tipo de sujetos la interpretación de esta canción en directo suele ser uno de los momentos culminantes -si no el que más- del concierto de turno al que haya decidido asistir. Curiosamente se puede llegar a decir que estas personas no suelen ser fans irredentos de Deep Purple, más bien se trata de buenas gentes que no están muy familiarizados con el setlist que se vaya a escuchar. El hecho de desconocer parte del repertorio interpretado puede llegar a generar una cierta sensación de incomodidad y/op agobio en el sentir de nuestro querido ínclito; pero no preocuparse, en cuanto suenan las notas del inicio de “SOTW” todos los problemas desaparecen. Nuestro protagonista se ubica, por fin conoce la que puede que sea la primera canción de todo lo que lleva escuchado y se siente uno más de la masa. Benditas actuaciones en directo, que nos insuflan pasión, dopamina y vida.

    Agobiado cuando la tocan.

En este caso incluimos precisamente al extremo opuesto del subapartado anterior. Aquí hablamos de seguidores del grupo que llevan toda su vida escuchando a Purple y sus discos superpueblan de manera excesiva las estanterías de sus respectivos habitáculos. Para estos sujetos tan particulares y con los que este humilde escriba se siente tan en comunión el momento “SOTW” no deja de ser algo bonito, pero con un cierto regusto a predecible y a más de lo mismo. No te voy a decir, estimado lector, que te asquee escuchar el temita en cuestión -o bueno, incluso para algunos puede llegar a ocurrir-, pero no deja de ser uno de los momentos más predecibles e insustanciales del show. Todo lo contrario al subidón vital que te puede dar escuchar el inicio a las teclas del no menos mítico “Child In Time”. Palabras mayores.

    Por fin saben qué grupo suena.

Por supuesto, no podían faltar. Evolución pasada de vueltas del primer subapartado. No es que ahora estemos hablando de alguien que va caminando entre aguas inciertas durante el concierto y se empodera en cuanto identifica la canción. No. Aquí nos referimos a esos extraños sujetos que acaban asistiendo a un concierto en directo sin tener la más mínima idea de lo que han decidido asistir/pagar por ver. En serio, algo tan obvio como ser parte del público de algo que conoces y disfrutas ofrece estas vueltas de tuerca tan imposibles; gentes que emplean/malgastan una hora y media de su vida para formar parte de un evento musical que ni conocen, ni les interesa, ni entienden, ni van a entender jamás. Es que queda uno tentado de revisar con una segunda parte el artículo que publicamos por aquí hace unos años cuando desgranamos algunos de los perfiles de la gente que decide asistir a los conciertos en directo.

Pero vaya, que el sempiterno “SOTW” vendrá una vez más al rescate para nuestro sufrido y/o inexperto oyente, ese que se habrá decidido a ir al bolo por  los amigos, por salir de fiesta, por desidia, por complacer a su pareja… por encontrar otra distinta o por otros mil motivos incomprensibles para muchos de nosotros que aguardamos los meses expectantes y excitados deseando asistir al cónclave músico vital de nuestro grupo o artista favorito.



La usan los propios músicos.

El patrimonio y disfrute de “Smoke On The Water”, así como el del resto de las grandes canciones que pululan por el universo, no es exclusivo de los seguidores y amantes de la Música en general. Los propios músicos también son los primeros que disfrutan de las diferentes composiciones e interpretaciones que les regalan sus compañeros de pasión. Cada vez que un chavalín de cualquier parte de este loco mundo escucha por primera vez esa canción que le vuela la cabeza, cada vez que se lanza a rasgar por primera vez las cuerdas de nylon de una guitarra española barata, cada vez que aporrea los tambores de detergente colocados al revés sin mucho criterio pero con inusitado vigor o cada vez que vocifera su nueva melodía favorita sin lograr colocar ningún tono en su sitio, se puede decir que el sagrado bautismo de fuego del Rock se ha producido. Su punzante y delicioso veneno ha penetrado por todos los poros de su piel y ya no hay vuelta atrás… y qué duda cabe que en estos menesteres nuestra canción protagonista tiene muchas veces mucho que decir, sobre todo si hablamos de músicos que deciden aprender a tocar la guitarra; ni se sabe la de personas que lo primero que han logrado pulsar en los trastes del instrumentos han sido los acordes de “SOTW”, eso es algo que no se discute.

Luego, esos mismos músicos no tienen reparo alguno en reconocer la influencia que dichos artistas o canciones, léase “SOTW”, han tenido en su crecimiento musical y la mayoría de las veces también en el personal. Sin ir más lejos Lars Ulrich, batería de los conocidos Metallica, siempre ha mostrado su cariño y afecto hacia Deep Purple, reconociéndolo como uno de sus referentes. En el emotivo discurso introductorio del grupo púrpura cuando fueron estos últimos incluidos en el prestigioso Salón de la Fama estadounidense, reconoció cómo le voló la cabeza Deep Purple cuando los vio por primera vez en vivo; era un chaval y tras verlos actuar decidió dedicarse a la música. Por cierto, dicha ceremonia fue tan rocambolesca, disfuncional y atómica como podría esperarse de los miembros de Purple. Es bien sabido por todos que el guitarrista Ritchie Blackmore y el cantante Ian Gillan llevan toda la vida detestándose -estoy seguro de que este sentimiento sigue vivo y latente hasta el día de hoy- y pusieron todo tipo de trabas a una organización que ya de por sí es también bastante de hacérselo mirar. Blackmore no asistió a la entrega del premio -genio y figura- y Gillan, pese a hacer todo lo posible para no reconocerlo en público, tenía muy claro que no quería a Ritchie por allí. Todos los avatares de esta ceremonia y sus prolegómenos imposibles los documentamos en su día en estas páginas; en dos artículos que puedes ver aquí y aquí, semejante ocasión lo merecía. Para no echar gota, desde luego.

Además del batería de Metallica, muchos artistas y grupos le han rendido homenaje a “Smoke On The Water” interpretándolo en directo en infinidad de ocasiones. No nos vamos a poner a detallar cuántos grupos pueden haber tocado este tema en vivo porque no acabaríamos nunca, pero lo que está claro es que gracias a este tema inmortal se puede decir que sus compositores tienen la vida resuelta en lo que al factor económico se refiere. Solo vamos a poner como ejemplo al grupo que ha llevado esto del homenaje al máximo nivel, hablamos de Dream Theater. Sí, el excepcional grupo de Hard Rock Progresivo en su momento decidió rendir su merecido homenaje al grupo… interpretando el clásico doble disco en directo “Made In Japan”… en su totalidad! Casi ná. Esta gente de Dream Theater no se anda con remilgos y va a lo grande. “Made In Japan” puede que sea uno de los discos en directo más famosos y reconocidos de la historia del Rock, de hecho la improvisación que Ritchie Blackmore realiza con su guitarra al inicio de la toma de “Smoke On The Water” que ahí aparece puede que sea tan famosa como la propia canción en sí.

Y no queremos acabar este apartado sin recordar al también guitarrista Yngwie Malmsteen, el afamado músico sueco es uno de los asiduos a esta especie de sección que compartimos con todo el que la quiera leer a principios de verano. Malmsteen es un fan declarado y confeso de Ritchie Blackmore y Deep Purple. En muchos de sus conciertos nuestro virtuoso favorito de las cuerdas de metal hace guiños a la música de Ritchie Blackmore intercalando fraseos en momentos de improvisación e incluso gusta de interpretar en muchas actuaciones una versión completa de "SOTW". Cuando le preguntan el porqué de tocar esa canción en su totalidad y no cualquier otra del catálogo de Purple con más complejidad interpretativa, Yngwie suele contestar que es que realmente le gusta esta canción y además es uno de los clásicos del Rock duro. Punto. Cuando Yngwie habla, queda todo claro y dicho.

 

Yngwie: "You Don't Remember". Live 89. Fraseo improvisación Purple en"Strange Kind of Woman"."Made In Japan".

 

                                          Yngwie: "Smoke on the Water". De su disco de versiones "Blue Lightning"

 

 

Como banda sonora para mil cosas.

Este es un tipo de uso muy común para la gran mayoría de oyentes del asunto musical; que la vida sin música sería algo distinto a lo que todas las personillas que pululamos por nuestro querido globo terráqueo conocemos lo entienden hasta nuestros queridos alumnos de Educación Primaria… sí, incluso ellos.

El hilo musical nos acompaña en nuestro día a día desde que nos levantamos hasta que nos acostamos y, seamos más o menos conscientes de esta afirmación, lo cierto es que nuestra rutina habitual está coloreada por las distintas sucesiones de notas musicales, engarzadas con mucho, poco o ningún acierto. Desde que abres los ojos cada mañana está ahí, de hecho a muchas personas les despierta cada amanecer una melodía musical que emana de cualquiera que sea el dispositivo electrónico de turno que tienen en la cabecera de sus camas con sus consiguientes ondas electromagnéticas jodiéndoles poco a poco la salud. Sales a la calle y los distintos sonidos pujan por entrar en tus orejas allá donde vayas; desde medios de transporte, ultramarinos varios, centros comerciales, lugares de trabajo, cafeterías, bares y prácticamente cualquier habitáculo social que haya ideado la siempre perturbadora inteligencia humana. Esto es así, imposible discutirlo. Incluso muchos de nosotros, adictos sin remedio al poder musical, ya salimos de casa con nuestras respectivas bandas sonoras musicales incorporadas… algunos de nosotros, casos perdidos sin solución posible ni plausible, todavía somos capaces de dar un paso más allá y nos enchufamos a nuestra dosis diaria de metadona musical desde el primer instante del despertar. Así está el patio.

Pero no hace falta tanta radicalidad, bajemos un poco las revoluciones. En ese hilo conductor musical eterno que emiten las ondas a lo largo y ancho del mundo entero se pueden escuchar un abultado y variado número de canciones. Sin embargo sucede que, estimado lector, si prestas solo un poco de atención te darás cuenta que no sirve cualquier tonadilla musical para sonar en los reproductores que nos bombardean a diario. Para que un tema musical pueda acceder a ese estatus de difusión sónica, debe cumplir el requisito básico de ser popular. Y ¿qué es una canción popular o famosa?, se preguntarán ustedes con ávida inquietud. La respuesta debería ser sencilla: una canción popular tendría que ser un tema bonito, bueno, bien compuesto, ejecutado y producido, que por su calidad le gustase a muchísima gente. No obstante, me temo que esto no siempre es así. El retorcido intelecto humano se ha inventado un buen número de cachivaches y métodos, léanse los mass media, que van directamente encaminados a convencerte de lo que sea que les interese… y, como un inquietantemente elevado número de humanos cada día se esfuerzan un poco más en demostrar que son idiotas, pues es más fácil convencer y/o engañar a los sujetos objeto de estas cuestiones. Esto sirve para la Música y para cualquier ámbito de la vida.

El caso es que en el terreno musical nos encontramos con una serie de grupos, artistas y canciones que por los motivos que sea, válidos y nobles o no tanto, han conseguido subir el escalón de popularidad que les ha ubicado en ese privilegiado lugar de conexión global con la masa social. En este caso podemos afirmar sin miedo al equivoco que “Smoke On The Water” es uno de esos pocos temas escogidos. Es por esto que esta canción puede sonar en cualquier sitio y en cualquier momento del día o de la noche, en el lugar más insospechado puede asomar el eterno riff de inicio de tal vez la canción de Rock más conocida de todos los tiempos. Puedes encontrarte comprando el pan, dentro de un autobús, viendo la tv en el salón de tu casa, en un centro comercial o jiñando en los servicios del último tugurio de la ciudad y que mientras te encuentres apretando en busca del alivio te acompañe la sempiterna guitarra del inmortal Ritchie Blackmore.

 

Para publicitar productos.

Uso derivado del apartado anterior. El hecho de que “Smoke On The Water” sea una de esas canciones que casi todo el mundo conoce, la hace perfecta para intentar penetrar en tu psique y convencerte para que hagas, compres -generalmente es esto lo que buscan-, pienses, defiendas, digas o ejecutes lo que quiera que sea que los dichoso medios de comunicación de masas se propongan. El propio Ritchie Blackmore, creador de este inmortal himno además de tipo atípico, difícil y raruno donde los haya, se ha mostrado contrario en multitud de ocasiones a estos usos fraudulentos -para él y para muchos de nosotros- de su música dentro del lenguaje publicitario. Recuerdo con mucho cariño cómo lo comentaba en una entrevista que leí en la prensa musical especializada hace un montón de años; hablamos de la era pre internet, el mundo era diametralmente distinto al descontrol total que reina hoy en día en las calles y en las cabezas, por lo que seguro que mucha gente joven y no tanto no entenderán nada de lo que se exponga a continuación. Nuestro encantador Man in Black le comentaba al entrevistador con su toque condescendiente y de sorna habitual que deseaba tener bien atados los derechos de edición de su música, ya que no quería que ninguna de sus canciones acabase sirviendo de banda sonora para anunciar cartones de leche, papel higiénico, galletas o lo que fuese. Genio y figura.

Lamentablemente Blackmore no pudo salirse del todo con la suya. Por supuesto hay anuncios que han usado, y tributado a los autores por derechos de emisión, el conocido tema musical. Ahí tenemos a Dodge, empresa automotriz americana, que sacó un potente y cachondo anuncio usando el riff de inicio del “Smoke On The Water” para publicitar sus coches. De todos modos, ya que vas a tener que escuchar “SOTW” en la asquerosa publicidad, mejor en un anuncio de coches que en otro de enemas.

 

  

No la conocen.

Pues sí, increíble e inquietante al mismo tiempo. Mi sufrido y estimado lector; lo dudo mucho pero, si has conseguido llegar hasta esta altura del tocho/texto que tengo el placer de estarte endiñando, una de las cosas más claras que habrás podido extraer de su lectura es el éxito y reconocimiento masivo que una canción como “Smoke On The Water” ha tenido y sigue teniendo dentro del sentir colectivo de una parte importante de la Humanidad, occidental sobre todo. Como ya se ha comentado con anterioridad, no valoramos aquí la calidad musical y/o compositiva del tema que nos atañe, nos limitamos a describir su grado de fama y renombre adquiridos.

Cualquier profano en la materia que de modo milagroso haya acabado arrastrando el ratón de su dispositivo electrónico hasta este pequeño bosque rockero virtual se estará familiarizando con la repercusión de “SOTW” y de su conocidísimo riff de guitarra de inicio. En serio, es que hay gente que ni siquiera sabe qué canción es ni de qué grupo, pero conoce dicho riff.

El caso es que, aunque su poder letal se extiende por tierra, mar y aire, resulta que existe un grupo de gentes que no conocen esta particular canción. Esto era un hecho inconcebible hace tan solo unos cuantos años. Antes todo era distinto, colorido, vital y mejor. El ser humano no era esa especie de palurdo/psicosociópata/sabelotodo/cantamañanas/ignorante que se esfuerza por ser a día de hoy gracias a las nuevas tecnologías, el internet y los dichosos dispositivos del más variado pelaje que viven día y noche pegados a nuestra piel. Antes no había una red electrónica global y mundial lavando cerebros e idiotizando a diestro y siniestro con sus interminables canales de comunicación. Antes te podías juntar casualmente con alguien, charlar y descubrir cualquier libro, película, cuadro, disco o canción que te volase la cabeza; hoy en día todo el mundo cree estar asquerosamente informado… incluso si desconocen algo te espetan sin el más mínimo rubor aquello de: espera, que lo miro en el móvil. En fin.

Si nos centramos en el lenguaje musical, antes el intercambio de impresiones, gustos y música -sí, cassettes regrabadas encima cien veces que te trillabas en el caseto que tenías en tu habitación o con los colegas en el parque- estaba a la orden del día y era vital dentro de tu aprendizaje músico/vital. Si hablamos de Rock, o casi de cualquier otro estilo musical, “Smoke On The Water” era uno de los principales referentes a la hora de iniciar el conocimiento sobre cualquier cosa que tuviese que ver con la saga Purple. No sé, era como un delicioso rito de iniciación en el que te tirabas de cabeza hasta el fondo para descubrir una nueva y más plena manera de entender la vida. En serio, canciones como estas hasta las conocían los seguidores de otros estilos musicales que incluso detestaban cualquier cosa que pudiese salir de una guitarra eléctrica.

Hoy todo ha cambiado. Nuestra actual sociedad supermegahiperchachi desarrollada, en su afán de colarnos una última nueva imagen más que acabe de destrozar nuestro cerebro y nuestras entendederas, ha acabado fabricando una serie de mandriles en serie que vagan por los caminos de la vida demostrando su total ineptitud en cuanto abren la boca. Una educación de mierda y destrozada, unos progenitores tan mandriles como ellos mismos que probablemente pensarían que eso de educar a sus vástagos era responsabilidad de otros o las miles de desigualdades a las que nos hemos acostumbrado gracias a la atrofia de nuestro cerebro pueden ser algunas de las explicaciones básicas del devenir actual. En este contexto tan gris, resulta hasta esperable que el desconocimiento musical campe a sus anchas. Pero esto es marginal.

No obstante, no todo está perdido. Seguro que en el mismo momento en el que estás leyendo esto, algún chaval de catorce años esté haciendo sonar desde el móvil que sus insensatos progenitores le han  regalado la mítica canción de Deep Purple. La bola vuelve a rular.

Gillan & Blackmore.



Para hacer competiciones.

Nada mejor que el nivel de éxito y reconocimiento de “Smoke On The Water” para iniciar una de esas interminables discusiones de bar que tanto disfrutamos algunos de nosotros  y que agobian hasta el extremo a los que no participan de ella. Pocas cosas hay mejores que disponer de unas cuantas horas de una tarde/noche libres -no teniendo que madrugar al día siguiente- para pasarlas apoyado en la barra del bareto más deliciosamente cutre que puedas imaginar, charlando de manera informal pero documentada sobre los mil y un avatares de la relevancia del “SOTW” y degustando esa bebida que tanto disfrutas, seguramente en dosis superiores a las recomendadas, en compañía de las personas adecuadas. Ignoro si hay estudios médicos, psicológicos, sociológicos o antropológicos al respecto, pero os puedo asegurar -sufridos lectores que deglutís esta interminable sucesión de letras- que cuando los astros se alinean y puedes disfrutar una noche de estas características, ganas tiempo de vida, muchos de tus males remiten y te invade una sensación de bienestar y satisfacción difícilmente transcribible en papel o documento word.

El clásico oponente de estas discusiones suele ser el tema “Starway To heaven” de Led Zeppelin. Imagino que esto se puede deber a una sencilla cuestión de coetaneidad entre Purple y Zeppelin, ya que ambas agrupaciones alcanzaron el éxito masivo en un momento similar y las comparaciones entre ellas han sido constantes pese a ser musicalmente muy diferentes entre sí. Es igual, todo el catálogo de los Zeppelin es brillante y ha pasado merecidamente el test del tiempo para convertirse en referente... al igual que Deep Purple; pero en esta discusión de reconocimiento mundial el caballo ganador sigue siendo nuestro adorable Ritchie Blackmore y su riff inmortal. Esto es un club de fans de Deep Purple, ¿no? ¿Entonces?

 

Como declaración de intenciones y/o significarse en la vida.

Esta canción y su conocidísimo riff de inicio a la guitarra constituyen una seña de identidad cargada de una potencia que impacta por sí misma. Aunque ya hemos comentado antes que no pasa por entrar entre los mejores temas de Deep Purple ni por asomo, nadie puede negar que cuando estás disfrutando de un concierto en directo y, justo al inicio del bis tras unos minutos de sedienta espera por parte del público entregado, el guitarra sale solo al centro del proscenio con actitud desafiante, mira al infinito, coloca las yemas de sus dedos en los trastes adecuados y, tras una preciosista y leve introducción que va subiendo en intensidad, ataca las cuerdas con su púa dando forma al sacrosanto fraseo que retumba con inusitado poder por las paredes de todo el recinto, está dejando claras unas intenciones musicales con las que comulgamos a sangre y fuego a la vez que se eriza nuestra piel, se acelera nuestro corazón, se pone firme todo nuestro ser y se ensancha nuestro alma. Hablamos de Rock

 

 


 

 


 

 

miércoles, 25 de junio de 2025

Para qué va la gente a los festivales. 2ª parte. XII.

Volvemos una vez más, como las olas del océano, fieles a nuestra cita veraniega, para retomar finalmente algo que nos lleváis pidiendo desde hace tiempo algunos de vosotros: una segunda parte del artículo “Para qué va la gente a los festivales”. Era algo que tarde o temprano tenía que ocurrir y ha sucedido. Pese a que uno es muy dado a ser recurrente en esos pensamientos que ya tiene aseverados como certezas, no siento ningún interés en la repetición sistemática y/o sinsentido. Sin embargo, esto es distinto; aunque en su momento ya escribimos y compartimos con todos el artículo sobre el tipo de personas que pueden asistir a los festivales de música y que puedes leer con solo clicar en el enunciado anterior, es difícil resistirse a la tentación de revisar este asunto y ofrecer esa segunda parte de dicho artículo que de manera recurrente nos habéis animado a redactar.

En esta especie de sección que recuperamos cada inicio de verano y en la que nos gusta dar una nueva, irreverente e imposible vuelta de tuerca a la deliciosa cuestión subjetiva de las motivaciones musicales, pasamos un rato tan entretenido como agradable desarrollando y compartiendo con todo el que se quiera acercar a vernos una serie de perfiles -en este caso de gente que asiste a festivales musicales- que muchos jamás entenderán, otros conectarán con ellos a la primera, algunos dejarán de leer en cuanto vean que hay muchas letras juntas, a unos cuantos puede que les despierte la curiosidad y otros tantos los criticarán -sin apenas haber comenzado a leerlos, por supuesto-. Agradecemos y nos alimentamos de todos ellos, como si fuésemos una especie de vampiros de la red, sedientos de la esencia de todo el que se acerca a nosotros. Incluso nos produce un extraño placer irritar a esos críticos ofendiditos con todo y con todos que tanto pululan por este mundo virtual soltando su bilis putrefacta, vestida de una condescendencia tan chabacana como ridícula, sin que nadie les haya preguntado; pero este es otro tema.

En lo que respecta a los festivales musicales, cierto es que para todo sufrido seguidor musical la celebración de una actuación en directo es parte importante del amor que le profesa a su música y a sus grupos de referencia. Y no es menos cierto que desde esta perspectiva, un buen festival es algo así como el cónclave definitivo para todos los fieles de esas músicas por las que sentimos devoción.

El asunto es que, casi sin darnos cuenta, han salido de nuestro lápiz para plasmarse en el primer cutre papel que se puso a tiro en la barra de ese bar al que nunca entrarías otros dieciséis perfiles representativos de esa jungla tan variopinta y tan vital que formamos los asistentes a este tipo de eventos y que vienen a recrear un pequeño, distinto y distintivo universo en el que te sumerges durante unos días para perderte por completo. Retomamos pues el tema abordando estos nuevos perfiles de usuarios festivaleros en los que seguro que sin mayores problemas podemos ubicar a alguien que conozcamos o a nosotros mismos.

No esperen una clasificación al uso, para bien o para mal este helado es de otro sabor. Seguro que a cada lector se le pasarán por la cabeza otros tipos de perfiles para este delirante catálogo sin defensa lógica posible; por supuesto, os animamos a compartirlos con todos nosotros.


 

-Para luego contarlo.

Pues claro que si, esto es tan humano como el respirar. De todos es sabido que cuando experimentas cualquier cosa que sea susceptible de ser contada al resto de tus semejantes, el mero hecho de hacerlo ya pasa a formar parte casi íntegra de la experiencia en sí misma. Esto es aplicable a circunstancias tanto positivas como negativas, porque resulta que somos una especie tan peculiar que experimentamos placer al hablar tanto de las cosas buenas que nos pasan como de las no tan buenas. Asistir a un festival de esos de verano -aunque cada vez es más habitual que se programen durante todo el año- puede que sea algo que disfrutes o que estés contando los minutos para que aquel castigo se acabe, pero lo que es seguro es que va a ser una experiencia con tantas situaciones y matices que vas a tener cuerda para contar a tus allegados durante unos días. Y eso está bien, hay que hablar con la boca y mirando a los ojos de tu interlocutor en lugar de tanto usar el puto móvil.

Antes nos conformábamos con dar la brasa sobre el festi de turno a nuestros sufridos amigos -Dios mío, los amigos… qué haríamos sin ellos- y te pasabas unos días narrando lo bien que sonó tal grupo, que si la comida, a cuánta gente conociste… y con cuánta te conociste de manera más íntima, que si la zona de acampada era una mierda -esto es un clásico, el día que pongan una zona de descanso en condiciones nos joden la batallita del festival-, el técnico de sonido del primer escenario era un inútil, cuánta gente había para ver al grupo tal, la cerveza muy cara, la cerveza muy barata, mejor mear fuera que entrar en los urinarios -otro clásico, hay quien piensa que ya los contratan y los montan llenos de mierda desde que se abren las puertas del evento-, ya tienen puestos veganos, que mierda que coincidan varios grupos que te gustan tocando a la vez y, por supuesto, cómo lo gozaste en el Karaoke Metal. No, no nos hemos olvidado de ese invento infernal.

En fin. Lo que es seguro es que asistir a un festival es una experiencia en sí misma y algo que, en la humilde opinión del que esto escribe, todo el mundo debería vivir en toda su intensidad al menos una vez en la vida. Seguro que si así lo haces, repites.

 

-Para experimentar cosas nuevas.

La fauna que puebla nuestros benditos festivales es de lo más diversa, si te das un paseo por sus jardines puedes encontrar por allí pastando desde seguidores acérrimos de tales o cuales grupos por los que se han hecho un abultado número de kilómetros para presenciar su show hasta genuinos elementos que no saben ni cómo se llama el festival por el que han pagado para adquirir el derecho a asistir. En un punto intermedio de este peculiar abanico nos podemos encontrar a ese curioso ser que se ha acercado hasta este tinglado, desconocido del todo para su persona, por primera vez en su vida con el objetivo principal de experimentar algo nuevo, refrescante, vital, incierto y puede que hasta peligroso; pero es que así es el ser humano: vital, refrescante, incierto y peligroso.

Nuestro intrépido protagonista probablemente no conozca a ninguno de los artistas que actúen y lo más seguro es que apenas pase unos escasos diez minutos escuchando la música que allí interpreten los mismos. Poco importan esas menudencias, seguro que se habrá decidido a ir aconsejado por ese amigo íntimo que le ha dicho que se lie la manta a la cabeza y que le acompañe... que va a vivir una experiencia. Y a buen seguro que la vivirá, no me cabe duda alguna al respecto; otra cosa será la calidad y talante de dicha experiencia. Seguro que vital, refrescante, incierta y peligrosa; vamos, humana.


 

-Para figurar.

Un festival de música es principalmente un lugar de encuentro para escuchar la música en directo de esos grupos que tanto te gustan, pero también es un evento social; qué duda cabe. Dentro del recinto de cualquier festival se reúnen un grupo más o menos numeroso de personas que están abocadas a convivir de una manera más o menos estrecha durante unos días.

No es el caso de vuestro humilde escriba, que se embute en la primera prenda de vestir que encuentra tirada por ahí y que lleva el nombre de alguno de esos grupos que nos vuelven locos, pero es verdad que hay mucha gente que tiene muy claro que va a un evento social en el que va a mirar y a ser mirada… de hecho puede que algunos estén más interesados en mirar y ser mirados que en las propias actuaciones musicales en sí. Este apartado tiene como protagonistas a estos sujetos. Tipos de cualquiera de los doscientos mil géneros que nos hemos inventado en estos últimos tiempos y que estarán más preocupados por la imagen que van a proyectar esos días y por lo que puedan opinar los demás de la misma que por el propio festival. Mientras algunos nos pasamos los días, semanas e incluso meses previos degustando las discografías de los grupos que vamos a ver tocar, ellos dedican sus tiempos previos a pensar, repensar, probar, reprobar, quitar, poner, comprar o incluso diseñar los modelitos con los que van a cubrir su piel, así como los adornos con los que van a seguro saturar casi todas las partes de su cuerpo. Esto de ir especial, guapo o resultona creo que se le está yendo de las manos a la especie humana. Pero esto es marginal.

Además de la imagen, está el rollo ese de la popularidad, de sentirse el centro de atención del grupo social en el que uno se encuentra. Nuestro querido protagonista hará todo lo que esté en su mano para que su asistencia no pase inadvertida al resto de sus semejantes/ grupo de referencia más cercanos; amén de fijarse en las pintas del resto del respetable, por supuesto… por desgracia casi siempre para criticar, aunque a veces también puede salir de su boca algún comentario positivo sobre sus iguales. Reconozco que puede resultar un poco cruel, pero siempre es tentador encontrar algo de diversión cuando se cruza en tu camino algún elemento de los que acabamos de pincelar de una manera tan somera como deliciosamente subjetiva. No tienes más que comenzar a charlar con nuestro ínclito sobre cualquier tema musical que él mismo saque a colación: se va a poner estupendo y la va a cagar, no lo dudes. Es lo que suele pasar cuando la música no es lo primero.

Luego tenemos a otras personas que también encajan en este apartado. No es tanto la imagen como la mera presencia en el festival que sea objeto de nuestro estudio. Hay personas que, por increíble que parezca, pueden llegar a asistir a un festival para que el resto del personal vea que ha asistido. Aquí ya no importan los gustos ni minucias por el estilo, se trata casi como de fichar en la puerta de entrada del recinto. Una vez que estás dentro has conseguido el objetivo. Inaudito y descabellado, pero os puedo asegurar que es cierto y que el que esto escribe conoce unos cuantos ejemplos atómicos de lo que aquí se suscribe. Tenemos desde colegas que se sienten tan auténticos que necesitan asistir a todas las ediciones del festival de turno, gente del entorno de la banda que sea y que se siente en la obligación de apoyarla, hasta una parte de la prensa musical especializada que tiene que cubrir el evento. En este último caso enseguida se nota si el redactor/equipo de prensa que sea ha ido por obligación o por devoción, en cuanto lees los primeros dos párrafos te puedes hacer una idea del asunto.

 

-Para disfrazarse.

Evolución pasada de vueltas del apartado anterior. La estética de los festivales musicales es una cosa en la que no se suele caer al primer bocado, pero no por ello deja de tener su espacio e importancia. Aunque podemos hablar de la imagen de los artistas que actúan en el evento, no nos vamos a detener ahí está vez; a fin de cuentas la estética que abandera cada músico o grupo la lleva consigo en todas sus apariciones públicas, no solo en los eventos festivaleros.

Ya se ha comentado de manera más general unas líneas atrás. En el apartado que nos ocupa vamos a detenernos observando al peculiar público que asiste a estos espectáculos para dar rienda suelta a su particular fondo de armario y/o para desinhibirse compartiendo con el resto de los presentes esa faceta oculta de su personalidad tan atómica como imposible. En serio, esto de los disfraces daría para una tesis de psicología de esas de fin de carrera. Los motivos que puedan impulsar a cualquier ciudadano de esos anónimos a salir a la calle tras introducir la casi totalidad de su cuerpo en un saco de basura o similar y adornar su cabeza con una sartén u otro objeto de parecido calado se me escapan por completo; la psique humana, ese abismo insondable.

Esto es algo que parecía destinado casi en exclusiva a los carnavales, las fiestas de disfraces -no sé quién las inventaría, seguro que la misma persona a la que se ocurrieron los juegos de mesa-, las bodas temáticas -a las que te obligan a asistir con el ridículo atuendo temático que impone la organización, por supuesto- y poco más. Pero no. Mi sufrido lector, si has logrado llegar hasta esta altura del texto, la siempre imprevisible mente humana te sorprende cuando más desprevenido estás con una nueva e imposible vuelta de tuerca. Y los festivales musicales no se iban a librar.

Nos vamos a remitir en este apartado a los festivales de Rock. Estoy seguro que en otro tipo de eventos de otras músicas nos encontraremos a alguien que considera necesario asistir embutido en un disfraz de pingüino, con una polla en la cabeza o con cualquier otro invento, pero ahora nos vamos a entretener un poquito con esas estéticas tan propias del seguidor rockero clásico, ese que con un poco de suerte todavía peina algo sobre su cabeza.

Uno ya lleva muchas horas de vuelo en este maravilloso e intrépido mundillo de los festivales y se puede decir sin apenas rubor que lo ha visto casi todo. Para empezar, aunque la estética Hard Rock/Heavy ochentas era muy chula con sus elásticos, cuero y demás ropajes ceñidos y negros, sus greñas perfectamente engalanadas, sus cadenas, muñequeras de pinchos y demás abalorios, era fácil caer en el exceso. La línea entre una imagen que te enamoraba y otra ridícula era finísima y para pasarla no tenías más que excederte un poco con algún complemento... y un festi veraniego era y es el momento idóneo para cualquier exceso; seguro que si también has frecuentado estos eventos ahora mismo se vienen a tu cabeza imágenes de seres cuya indumentaria parecía importada de otro planeta. Estos personajes vitales, inasequibles al desaliento y para los que las palabras vergüenza, ridículo o miedo no existían en su vocabulario, conseguían redefinir el concepto de moda; mira, igual si se suben a alguna pasarela de esas tan exclusivas donde los modelos van casi en pelotas y lucen ropajes que nunca se pondría nadie en su sano juicio, seguro que se llevan algún premio.

Incapacitado para entender el exclusivo arte de la moda.

Recuerdo con mucho cariño, nostalgia y buen rollo un festi al que asistimos hace un porrón de años en la costa malagueña. Allí nos encontrábamos, disfrutando del puto sol de justicia que por allí se gastan, cuando nos topamos con mi amigo Francis. El chaval, que ya no cumple los cincuenta, había sacado del fondo de su armario para la ocasión unos elásticos vaqueros made in ochenta que no lograban ocultar su orgullosa y prominente barriga cervecera, adquirida y moldeada tras muchos años de esfuerzo en los gimnasios de las barras de los bares de toda España y parte del extranjero. Acompañaba su atuendo con la clásica camiseta del sol rojo de Banzai, seguro que a los más viejos del lugar esta mítica prenda de vestir se les acaba de representar en sus cabezas, ultra ajustada también y sin mangas; claro. Remataba la faena el bueno de Francis con un pañuelo rojo a juego con la camiseta a modo de bandana para cubrir su cabeza ya que el añorado pelo dejó de estar ahí arriba años ha. Nos fundimos en un abrazo de esos sinceros de amigos y nos hicimos una foto que conservo con mucho cariño. Grandes tiempos. Otros tiempos.

Un último apunte. Hay seres superiores que no solo se engalanan de aquella manera para asistir al descontrol de un festival, sino que además siguen vistiendo casi igual en su día a día diario. Seres bendecidos con luz propia que iluminan el camino para el resto de todos nosotros, pobres mortales con limitaciones impuestas por unos convencionalismos sociales mal entendidos.

 

-Por la discoteca Metal y sus variantes.

No es el Karaoke Metal, pero igualmente mola. Cuando los sufridos asistentes al festi de turno llevan varias horas en pie, ingiriendo alimentos y líquidos sospechosos, escuchando a los mil y un grupos que muchas veces es la primera vez que los escuchan, dejando su alma y sacando todo el metal de su interior en el Karaoke Metal, cuando ya sientes que arrastras tus maltratados huesos por las verdes praderas de cualquier monte perdido en el que está ubicado el escenario bajo la descuidada mirada tanto de las vacas como de las cagadas de las mismas y sientes que necesitas ir a dormir a la cutre tienda de campaña… o al menos intentarlo… se encienden las luces de la carpa principal y suenan las primeras notas del “Fear of the dark” de Maiden. Imposible parar ahora. El averno del Metal no contempla el descanso del guerrero, que vuelve tras sus pasos para acabar de vaciarse en un nuevo cónclave bajo las luces, los vatios, la bebida y el sudor. La discoteca Metal o cualquier otro invento de similar enjundia ha comenzado y, pese a que tus músculos te mandan información sobre su lamentable estado que tu cabeza corrobora, sientes que nace de lo más profundo de tu ser la imperiosa necesidad de volver a acercarte a la barra para pedir otra copa más de esa bebida que atacará de nuevo a tu hígado aunque te siga manteniendo en esa especie de estado espiritual cercano al Nirvana que resulta que tanto disfrutas. De hecho me consta que hay gente que asiste a los festivales fundamentalmente por este momento; los grupos se la sudan, podríamos decir que hasta la propia música se la suda, pero este momento de desinhibida comunión con sus iguales merece todos los avatares anteriores. Igual incluso cae algo.


 

-Para beber/fumar/demás.

Siempre se ha hablado de ese lema tan mítico como recurrente de “Sexo, Drogas y Rock’n'Roll” y aquí no somos nadie para refrendarlo. Que el Rock ha estado ligado desde siempre al consumo de sustancias espirituosas es tan simple como que es así, no se discute… y que el Rock ha estado desde siempre ligado a la práctica sexual es tan simple como que es así, tampoco se discute; o si no, que se lo pregunten al tristemente fallecido Lemmy Kilmister. Aunque por otro lado no es menos cierto que ahí tenemos a Gene Simmons, bajista y fundador de los famosos Kiss, que ha declarado públicamente en infinidad de ocasiones que jamás ha fumado ni bebido -y seguro que es cierto- y que de esto del Rock’n'Roll está claro que algo sabe también

Esto del consumo de sustancias que excitan nuestro hipotálamo ya da de por sí para una discusión de esas de bar acalorada; animamos encarecidamente a que, estimado lector, la lleves a la práctica de inmediato en el tugurio más cercano que encuentres que tenga barra y dispensen alcohol. Por nuestra parte solo recordar que resulta casi imposible encontrarte en un festival a alguien que no fume, no beba alcohol o no consuma ningún tipo de droga; seguro que alguno habrá, de esos que por diversos avatares del destino acaban atrapados en esa masa de vatios, sudor e incomodidad durante un finde que parece no llegar a su fin jamás, pero es igualmente seguro que hasta oculten ese dato por miedo, vergüenza o por no sentirse tan marcianos en ese submundo lleno de los mismos al que se han visto abocados a asistir. Impagables los momentos de la discoteca Metal, en los que se pueden desarrollar las ¿conversaciones? más atómicas, surrealistas e incomprensibles que sea capaz de parir el intelecto humano… y que, por cierto, son deliciosamente adictivas.

Lemmy & Gene Simmons.

Muy curioso resulta también que de este asunto no se escapan ni los propios músicos, algunos incluso van a la cabeza del consumo en dichos festivales: desde al que se le nota que se va en su actuación por estar un poco cocido hasta el que sale a escena sin apenas conseguir mantener su propia verticalidad. Algunos de ellos son máquinas perfectamente engrasadas para ingerir todo tipo de sustancias sin apenas despeinarse y sacando la actuación adelante como si nada. Los músicos, gente hecha de otra pasta. Recuerdo en este momento con mucha nostalgia e intensidad a Ian Gillan. El  mítico vocalista de Deep Purple y maestro para todo el que ha sentido en algún momento de su vida el picotazo vital del Rock tiene fama de aguantar todo el alcohol que le eche a su estómago y a su pobre hígado curtido en mil batallas. El que esto escribe ha tenido el privilegio de contemplarle actuar en directo infinidad de ocasiones y puedo afirmar sin miedo al equívoco que este tipo tiene algo especial y único. Una de esas ocasiones aconteció en el Doctor Music Festival celebrado en Los Pirineos hace ya unos cuantos veranos, ¿de verdad es necesario irse al culo del mundo para montar un festival de música? La actuación de Deep Purple era la última de la gira europea de presentación de su disco “A.band.on” de 1998 y allí se encontraban celebrándolo con unos cuantos de miles de sus seguidores sobre la tarima en la zona de Escalarre. Que estaban de fiesta se notaba desde que salieron, como Purple es un grupo que gusta de largos desarrollos instrumentales había momentos de la actuación en los que algunos de los músicos se iban entre bambalinas detrás del escenario imagino que no a leer un libro; incluso al bueno de Jon Lord -D.E.P.- se le notaba especialmente on fire cada vez que volvía a las tablas. Pues en una de esas tenía que volver a cantar una estrofa Gillan tras los solos y nuestro encantador Garganta de Plata volvió a escena con una botella de whisky en la mano, que os puedo asegurar no era de pega ni mucho menos, como si tal cosa para seguir con el show. Genio y figura.

Por nuestra parte intentamos estar a la altura de lo que semejantes circunstancias requerían, también nos encontrábamos en un estado de embriaguez que había tenido su inicio la noche anterior, justo al llegar al parking del evento durante la madrugada del mismo. Ya desde el minuto cero pudimos sentir en nuestras carnes esto de los excesos del R’nR y los festis metaleros. Los seguratas de turno de la zona de aparcamiento, que eran unos chavalitos con acento del sur español a los que el intelecto difícilmente les daba para no cagarse en las procesiones, ante nuestra negativa a su pregunta sobre si llevábamos drogas encima, registraron amablemente nuestro coche. No encontraron nada porque no había nada, como les habíamos dicho. Nuestros queridos mandriles, cegados por la fe e inasequibles al desaliento, seguían intentando encontrar su maná cada vez más nerviosos; incluso uno de ellos nos dijo voz en grito: a ver, dónde está el shocolate. Para descojonarse; Berlanga, un amateur frente a estos tipos. Fue todo tan imposible y tan lejos de cualquier atisbo del término razonable que les acabamos ofreciendo un trago de la botella de whisky que nos estábamos bebiendo mientras contemplábamos la delirante escena sin dar crédito. Pero no, ellos querían el inexistente shocolate; seguro que para llevárselo a su jefe, no para fumárselo ellos. Viéndolo con perspectiva tuvieron muy mala suerte este par de primates, todo un parking hasta las trancas de coches en los que seguro habría costo a raudales y fueron a dar con dos tipos que beben, un poco, pero solo beben. ¿Cómo no te lo vas a pasar bien en un festival con este tipo de recibimiento?

Ian Gillan.

 

-Para ponerse hasta el culo de todo.

Variante del apartado anterior. Salvo honrosas excepciones, los protagonistas de este apartado pasan de los grupos, incluso la música se la suda, y el consumo excesivo de todo lo que sus pobres y castigados cuerpos puedan soportar es la máxima que explica su asistencia al evento de turno.

 

-Para hacer de todo menos ver los conciertos.

En teoría cuando alguien asiste a un espectáculo, el principal motivo de dicha asistencia consiste en ver y disfrutar o no de lo que tenga que ofrecer el espectáculo en cuestión. Hasta aquí todo correcto, esto lo podrá entender hasta el que asó la manteca… pero no, las cosas dentro de nuestra realidad muchas veces no son tan sencillas; por increíble que parezca, hay gente que acude a un evento, incluso pagando elevadas cantidades de dinero por el derecho a acceder al mismo, para luego no prestarle la más mínima atención. Esta afirmación, que en un principio puede parecer no tener razón de ser, resulta que es del todo cierta en innumerables ocasiones. Vienen a la cabeza de todas las mentes inquietas que de manera sorprendente se encuentran leyendo esto algunos ejemplos rápidos: la gente que paga para ir a un estadio de fútbol por acompañar a los amigos y/o poner a parir a todo dios gruñendo cual cazurro en lugar de disfrutar del partido, los que van a ver una exposición de cualquier manifestación artística y tardan más en entrar que en salir o los que asisten a una celebración religiosa sin entender nada de lo que allí ocurre y se largan a los pocos minutos, por citar algunas situaciones de primera mano.

El mundillo de los conciertos en vivo en general y el peculiar ecosistema de los festivales de música en particular no se iban a librar de estos seres tan singulares. Lo abordamos de manera transversal en otros apartados y es una realidad, desde los que asisten a estos eventos para ponerse hasta arriba de sustancias, esperar a la discoteca nocturna o darse mil paseos por todas las instalaciones del recinto de turno, hasta los que están obligados a aguantar estoicamente esa procesión de grupos imposibles de entender para su cabeza porque acompañan a cualquiera que sea esa persona que para ellos es especial. Cualquier motivación es válida, por peregrina que sea, para ir a un concierto y no ver ni escuchar dicho concierto.

Uno de los clásicos es el que llega al festi dos o tres días antes de que se abran las puertas del recinto. Suele llegar con sus colegas en una furgo que ya no cumple los veinte, llena de los cachivaches y zarrios más insospechados que pueda elucubrar el siempre inquietante intelecto humano y los desparrama en el primer trozo de tierra más cercano al evento en el que le dejan hacerlo. Montan una suerte de cutre tienda de campaña, plantan unas sillas plegables, una mesa que debe cumplir la premisa de estar casi destartalada y por último, pero no por ello menos importante, sacan una nevera llena de cervezas. Una vez  puesto en marcha todo el ritual de iniciación, se pasarán allí apalancados durante los días que dure el festival, permaneciendo de manera estoica en sus trabajadas posiciones sin desfallecer hasta que todo termine. De ir a ver a los grupos que actúan, los puestos de merchan, comida, bebida y similares, nada de nada ¿para qué?


 

-Para haber estado en todos.

Variante del apartado del que asiste para figurar. Hay personas que sienten una necesidad que nace de lo más profundo de su ser y que les empuja irremediablemente a adquirir la entrada para ese evento que lleva años celebrándose y que ya ha pasado a formar parte de su devenir habitual por la vida… y no forman parte del equipo organizador de dicho festival. No sé. Entiendo que eso te pase con determinados artistas o grupos que son tan buenos en lo que hacen que te llevan a ese estado de Nirvana espiritual que tanto anhelas. El que esto escribe tiene una selecta lista de músicos a los que ha ido a ver en directo siempre que se han pasado por su ciudad y/o país sin importar el abultado número de veces que esto haya podido ocurrir. Hablamos el mismo lenguaje obsesivo y compartimos esa voz que resuena en nuestro subconsciente y que nos obliga a poner patas arriba todo nuestro mundo con tal de poder volver a ver por trigésimo quinta vez a no se qué cantante… y que vuelve a dejarnos ese semblante a medio camino entre la felicidad, la estupefacción y la estupidez; esas cositas que solo unos pocos enfermos sin remedio de la música podemos experimentar y que se escapa a la razón de nuestros semejantes. Lo que se me escapa es aplicar este razonamiento a los festivales, ya que generalmente el cartel de artistas cambia cada año y resulta imposible acertar todos las ediciones. ¿Qué haces el año de la edición en la que no te dice nada o muy poco ningún grupo? Para estos seres la respuesta es fácil: asistir igualmente.

 

-Para buscar bronca y/o problemas.

El protagonista de este apartado suele ir relacionado con el del consumo abusivo de sustancias -vamos, el de “ponerse hasta el culo de todo”- y, por suerte o desgracia, suele dejarse ver en este tipo de eventos. Esta especie aparece en los distintos ámbitos de la vida más de lo que sería deseable y tiene una peculiar manera de interpretar la realidad: siempre tiene razón, siempre le faltan al respeto y siempre empezó el otro.

Los factores que acaban haciendo de nuestros encantadores primates lo que son en la vida habría que buscarlos por muchos frentes: una infancia de mierda con progenitores que les consienten todo y ni les ponen ni les explican los límites, un sistema educativo de mierda en el que te cosifican y te encasillan según la pasta que tengas, un entramado social con unos principios de mierda o mejor dicho con una falta completa de los mismos  y/o la equipación mental que algunos de estos elementos ya traen de serie, por citar unos cuantos condicionantes rápidos. El caso es que nuestros ecosistemas sociales cada vez están más saturados de estos encantadores mandriles que son capaces de buscar problemas hasta por encontrar una banana que llevarse a la boca.

Y lo más curioso es que por norma general no suelen tener ni puta idea, no solo de la música que han ido a ver al festival de turno, sino de la propia música en general. Pero eso no supondrá ningún problema dentro de sus particulares cabezas. Una mirada, un leve roce o un sutil comentario puede hacer que su mundo vuelva a rodar. Hace unos años lo mejor en estos casos -nada educativo, por cierto- solía ser plantar cara y llegar hasta la primera hostia si era necesario, resulta que luego la mayoría de estos elementos se arrugan a la hora de la verdad. Un amigo tiene una teoría cuando uno se ve abocado a vivir una situación de bronca con un grupo de palurdos: decirle solo a uno de ellos que si la cosa acaba mal, aunque reciba por todos los lados, va a ir solo a por él; resulta que el ínclito de la pandilla abusadora de manera sorprendente empieza a apaciguar ánimos.

Hoy en día no es del todo aconsejable seguir este modus operandi cuando te veas en problemas. La gente nocturna joven y no tan joven en estos últimos años está pasadísima de vueltas. No sabemos si porque las drogas hoy en día son mucho peores -si eso es posible- o qué, pero cuando están on fire durante su ocio nocturno se convierten en cazurros violentos a los que les da igual ocho que ochenta y te puedes/se pueden arruinar la vida sin apenas pensarlo. El ser humano, tan capaz de entender y modificar el universo con su cerebro como de avanzar solo a base de golpes.

 

-Porque eres menor de edad.

Pues claro que sí, esto de la música no es ni mucho menos solo para adultos; de hecho el que esto escribe piensa que las distintas músicas, artistas, estilos y discos se deberían enseñar en las escuelas más allá de los bailes, instrumentos musicales y demás... que también.

No se me ocurre mejor idea y más educativa que liarse la manta a la cabeza con tu vástago, unos buenos casos aislantes para sus tiernas orejitas y acercarse a un festival veraniego; lo creas o no el chaval lo va a disfrutar, aunque lo procese a su manera, claro. Esas son las cosas que se nos quedan grabadas a fuego en nuestro corazón, entendederas y carácter. Es responsabilidad de los progenitores guiar con sus desvelos, vivencias, enseñanzas, experiencias y límites el crecimiento y la educación de sus hijos. Ya lo decía un gran amigo mío: esto lo hago para que lo vea mi hijo y, solo si lo considera apropiado, él también lo haga cuando sea adulto con su gente porque se lo enseñó su padre.



-Para disfrutar.

Es la máxima u objetivo básico de estos eventos y de casi cualquier otro tipo de representación artística. Todas las manifestaciones culturales que nacen del inquieto intelecto humano pueden buscar muchas cosas, pero en la mayoría de los casos intentan que el espectador disfrute. Un festival de música de hasta cinco días seguidos de duración puede ser el caldo de cultivo perfecto para que se produzcan tantas y tan variopintas situaciones como distintas emociones puede experimentar el ser humano. Y eso es bueno, es simple, es terapéutico y es vital.

No se me ocurre nada mejor que compartir con esa gente que hace que tu vida sea especial unos días de intensidad bien entendida, sin agobios, prisas ni obligaciones, con tu bebida preferida en la mano y charlando de cualquier deliciosa banalidad mientras toca en directo ese grupo que tanto te gusta.

 

-Para pasar calamidades.

Sí, ya sé que este apartado es un muy sospechoso primo hermano del de “A sobrevivir” de la primera entrega de este artículo; pero es que no me puedo sustraer a volver a revisar todo lo que no hay de idílico en estos eventos festivaleros o que directamente parece salido de la retorcida mente del malo más malo de la película.

Pese a que esto de los festivales se suele englobar dentro del apartado del ocio, que nadie se piense que asistir a uno de estos eventos pueda ser como visitar un fin de semana un resort de esos en los que te la pasas tocándote los huevos embadurnado de exóticos barros y sin parar de comer ni beber. No. Que nadie se lleve a engaño. Un festival de música puede ser el paraíso si te gusta lo que vas a presenciar, pero no deja de ser una suerte de caótica gymkana de obstáculos, desde los más obvios hasta los solos concebibles por mentes enfermas. Ya lo hemos comentado por aquí en otras ocasiones, hasta llegar al momento en el que estás frente al escenario justo cuando va a tocar tu artista preferido o cuando por fin comienza la discoteca o el karaoke de turno en el que vas a sacar todo lo que llevas dentro de tu ser, hay que pasar por toda una suerte de obstáculos e inconvenientes con los que no cuentas hasta que te das de bruces con ellos. Solo con un poquito de suerte muchas veces tienes que hacer cola para comprar las entradas, caravana en la carretera comarcal de turno hasta llegar a ese lugar en el culo del mundo en el que se ubica tu festival y que se encuentra donde todavía no ha pisado el pie humano, cola para acceder a la zona de acampada e intentar pillar un buen lugar en el que plantar la tienda en la que pretenderás dormir cuando haya acabado la fiesta y justo comience a salir el sol -labor estéril, ya que toda la zona de camping va a ser el mismo patatal sin una puta sombra-, cola para que te pongan la mierda de pulsera que te da acceso al festi y que te va a estar agobiando en la muñeca todo el finde, cola para poder entrar en el propio recinto una vez has salido de la fila de la pulsera, cola para cambiar tus dineros por los dineros del festival, colas para pedir comida, bebida o lo que quiera que sea que te ofrezcan los tenderetes del evento, cola para acceder a esos zulos llenos de mierda y con olor a orín que reciben el nombre de baños y que cada vez estoy más convencido de que la organización ya los instala desde el primer día en esas insalubres condiciones, cola para pillar cacho en una buena posición que te permita escuchar/ver a tu artista favorito… y así podemos tirarnos toda la tarde.

¿apetece una duchita?

Además de todas estas pequeñas minucias que pueden hacer que pierdas tus nervios por completo, también conviene tener presente las condiciones meteorológicas en las que se va a celebrar ese espacio de ocio que llevas tanto tiempo anhelando. La mayoría de las veces son eventos al aire libre, por lo que si llueve estás jodido. Recuerdo con cariño y nostalgia un Extremúsica -fabuloso festival y que me consta que está muy bien organizado- de hace unos cuantos años, en el que cayó la tormenta del siglo. Imagínate que vas por primera vez a un festival, con la lógica mezcla de ilusión y nervios ante lo desconocido. Nada más clavada tu tienda en el patatal de turno te cae un diluvio bíblico que convierte la zona de acampada en un océano con las tiendas de campaña como pequeñas barcas improvisadas y casi te tienen que rescatar los servicios de emergencia de la zona. Pues eso mismo le pasó a una persona que conozco, ya os podéis imaginar que no ha vuelto a asomar por ningún tinglado de estos.

 

-Porque asiste como músico.

Los realmente importantes y la razón de ser de este tinglado global que nos hace felices a millones de nosotros. Supongo que resultará algo extraña la necesidad de reivindicar la figura del músico cuando se habla de la música, pero resulta que la cuestión no es nada baladí. La Música es un ente universal con el que en un momento determinado conectó la mente y el alma humanos. Esa sucesión de sonidos, cuidadosamente elaborados y superpuestos, lleva siglos coloreando nuestras limitadas y muchas veces grises vidas. Su capacidad y carisma son tan grandes que pueden modificar nuestros estados de ánimo y hasta nuestro devenir por este loco mundo en el que hemos sido colocados. Y nada de esto se podría llevar a cabo sin los músicos. Es simple: sin ellos no hay canciones.

Este apartado parece de Perogrullo, pero, si lo piensas un poco, tiene su aquel. Sin los músicos y los grupos no hay festivales y ellos deberían ser los principales protagonistas dentro del entramado de cualquier festival, pero esto no es siempre así. Bueno, los cabezas de cartel, la gente famosa que todo el mundo va a ver, sí; pero para el resto hay distintas consideraciones.

Por un lado tenemos a esos artistas de renombre que actúan como reclamo y que son aquellos que mueven masas de seguidores deseosos de vivir la experiencia de sus actuaciones en vivo. Esta gente no se tendrá que preocupar demasiado por la cuestión logística del festival, todo eso junto con sus honorarios imagino que estará bien atado por contrato, y se centrarán en lo que entendemos que deba ser su vocación vital: presentar su música y su show en directo.

En el otro extremo tenemos a todos aquellos grupos que todavía no han llegado a ese estatus, la mayoría seguro que no lo logrará jamás, y de repente se ven avocados a lidiar con toda suerte de contratiempos, avatares e incertidumbres en su recorrido musical y vital. Llegan al festival y todo son problemas, incómodos camerinos o inexistentes, comida y bebida ídem, carga y descarga instrumentos, cambios de horarios y límites de la actuación, precarias pruebas de sonido o inexistentes… y además cobras algo simbólico… no cobras… o tienes que pagar por actuar. Sí, este último dislate se le ocurrió en su día a nuestro querido Ozzy Osbourne y a su mujer Sharon. El hoy enfermo Ozzy, al que por supuesto le deseamos todo lo mejor ya que una cosa no tiene nada que ver con la otra, en su día montó un festival itinerante conocido como OzzFest y a su esposa Sharon Osbourne no se ocurrió otra idea que la de cobrar a los grupos que quisiesen tocar allí. Tenían unos cuantos grupos conocidos contratados y el resto a pasar por caja. Todo muy honesto y pensando en el artista. Y que nadie me venga con la estupidez de que fue culpa solo de Sharon. Amigo, si te llamas Ozzy y montas un OzzFest, todo lo que ofrezcas en tu espectáculo representa tu nombre y tu marca. No sé qué habría sido de Ozzy y Black Sabbath si cuando salieron y no les conocía ni Dios, solo hubiesen podido tocar en directo pagando ellos mismos por actuar. En fin. Es simple: sin los músicos no hay canciones.

Ozzy & Sharon. Ozzfest.

Esto debería ser una verdad de esas inamovibles, pero no; la capacidad humana para enrevesar y complicar todo lo que toca no conoce límites… y con la Música no iba a ser distinto. Lo que vamos a exponer lleva toda la vida siendo así, pero en los últimos setenta/ochenta años se ha podido percibir claramente. Alrededor del artista creador e intérprete musical han aparecido distintos enanitos que han ido influyendo y modificando hasta casi creerse más importantes que el propio músico. Desde el mecenas que antiguamente pagaba al músico para que compusiese su música, hasta las compañías discográficas de hoy en día, la prensa musical, la asquerosa publicidad, los promotores o los mánagers, que hay veces que incluso se atreven a decir que sin ellos no existiría el músico. Ejemplos de estos comportamientos los tenemos a patadas: la discográfica que te dice que sin su inversión el artista no se daría a conocer al público, el mánager que piensa que sin sus consejos el grupo de turno no llegaría a ningún lado, la prensa ¿especializada? que se siente como una especie de semi Dios capaz de subir a su altar o destronar al que pague o no los diezmos pertinentes… y así podemos seguir durante horas.

El dichoso mundo virtual actual, en el que se busca el protagonismo mientras se relega el talento, tampoco es que ayude mucho. Nuevas generaciones de humanos idiotizados frente a su móvil visionando estupideces de la más variada enjundia que elevan a sus altares líquidos a cualquier palurdo haciendo cualquier estulticia… y lo más cachondo del asunto es que nuestro encantador ínclito de veras se creerá que es especial por la susodicha sandez que graba y comparte desde su celular. Pero esto es marginal. En este mar de mierda se ven obligados a navegar nuestros queridos músicos para intentar publicitar su trabajo y que la gente pueda escucharlos. De este modo muchas veces se ha relegado e incluso denostado el talento, la interpretación y la creación del músico. Parece que el artista no podría hacer nada sin el mánager que le indica, sin la discográfica que le graba, sin la prensa que habla bien de él o sin el promotor que le contrata. El artista en el último peldaño de la pirámide. El mundo al revés. Curioso.

Para toda la gente que comulga con estas ruedas de molino como si nada, o que directamente ni se lo plantea ni lo va a hacer jamás, tengo un argumento del que estoy radicalmente convencido: el músico es el primero y el principal, es el creador e intérprete y sin él no habría discos ni canciones, los mánagers no tendrían a quien dirigir, las discográficas a quien grabar, la prensa musical a quien despellejar y los promotores a quien contratar. Es más, seguro que sin músicos no habría mánagers musicales, promotores, casas de discos ni prensa musical. Los músicos siempre los primeros y más importantes: sin ellos no hay canciones, ni Música.

 

-Para ver a ese grupo que nunca volverá a actuar en directo.

Esto no es fácil de entender al primer vistazo, de hecho habrá gente que no lo podrá comprender jamás, pero vamos a intentar desarrollar esta afirmación para todo aquel incrédulo que no pueda cogerla por ningún sitio.

Hemos comentado que hay múltiples motivos para asistir a un festival; desde los más obvios, como para escuchar música en directo y pasarlo bien con los colegas mientras bebes unos minis, hasta los más retorcidos e inverosímiles. Dentro de esta última consideración podríamos encuadrar a los protagonistas de este apartado. Para estas personas tan especiales -o especialitas, según los ojos con los que se miren- resulta imprescindible asistir al concierto especial de reunión, aniversario o cualquier evento conmemorativo que vaya desde lo trivial hasta lo inverosímil de no sé qué grupo que se reúne para una única actuación o realiza un único concierto celebrando el aniversario de lo que sea. Sí, es cierto que para cualquier persona de esas consideradas como normales resulta una locura estúpida recorrerte un saco de kilómetros, pedir vacaciones y gastarte una pasta en viajes, entradas y demás cuestiones logísticas de la más variada enjundia para estar frente al escenario el día que ese grupo que te vuelve loco lleva a cabo esa actuación única. Lo que ocurre es que el intelecto humano tiene muchísimas conexiones neuronales y lo que para uno es ridículo, para otro es vital. Así está el patio. Y los pocos escogidos que somos capaces de poner en los primeros lugares de nuestras cosas que hacer en la vida el hecho de asistir a uno de estos conciertos sabemos de sobra lo gratificante e ilusionante que resulta y toda la vida que te da. Consideraciones que jamás podrán experimentar esos otros seres que consideran del todo inexplicable nuestro comportamiento. Así está el patio.

Luego están esas actuaciones de grupos cuyos miembros se detestan, no son especialmente famosos y, cuando se produce la mágica utopía de la alineación de astros que les lleva a juntarse para realizar un concierto -generalmente es por pasta, aunque nunca lo reconozcan; nos da igual, por otro lado-, sabes que debes asistir ya que aquello saltará por los aires casi desde el primer minuto. Incluso asistir a ese único evento no te garantiza que se vaya a realizar. Pueden surgir mil millones de situaciones, malentendidos, roces y fricciones que hagan que al final el concierto no se celebre. Recuerden el dato: son artistas, se detestan y van a dar su brazo a torcer para actuar en directo por dinero. Es por esto que si un buen día de primeros de Marzo de 2008 actúa en un festival en la Plaza de Toros de Atarfe por primera y única vez en España el grupo Ratt con tres de los cinco miembros de la formación clásica, hay que ir sí o si. Lo de Ratt es para escribir un libro de esos sesudos. De la formación clásica ya no está Robin Crosby, fallecido por SIDA, ni Juan Croucier, que por entonces no quería ni oír hablar de la banda. Si consideramos que entre los otros restantes también llevan años llevándose a parir, incluso públicamente y sin rubor, el hecho de que Stephen Pearcy, Warren DeMartini y Bobby Blotzer, acompañados por Robbie Crane y John Corabi, decidiesen subirse juntos a un escenario español, generaba una situación de esas difíciles de repetir y que tenía todos los ingredientes para explotar a la primera. Y así ocurrió, tras ese show no han vuelto a subirse juntos a un escenario, pese a que han programado más actuaciones posteriores. Es uno de estos casos en los que el tren pasa solo una vez por la puerta y, si no te subes, no lo podrás volver a coger jamás. Por supuesto, allí estuvimos disfrutando de un concierto especial que todavía está grabado en mi retina, en mi piel, en mi corazón y en mis genitales.

Ratt'08: Warren DiMartini, John Corabi; Stephen Pearcy, Bobby Blotzer y Robbie Crane.

 

-Para sentir una experiencia vital.

Una de las experiencias más intensas que el ser humano puede experimentar es la de dejarse abandonar por completo dentro de la música. Esa música que tiene el don de encontrar el camino correcto para atravesar el laberinto de humo de jazmín y dragones turquesa de tu interior hasta llegar a rozar suavemente tu emoción más escondida, personal y transformadora.

Esa melodía especial que hace que el océano se estrelle en tu cabeza, mientras las sirenas sollozan ante la atenta mirada de la luna llena en mitad de la noche azabache. Esa interpretación musical soberbia que en un pequeño instante y sin previo aviso pone todo tu mundo al borde del filo, de un abismo peligroso y desconocido que te seduce de tal manera que no te puedes sustraer a su magnetismo. Parado sobre una delicada capa de hielo fino a punto de quebrarse bajo tus pies.

La música, la droga más adictiva. Los festivales, el sitio perfecto para dejar que el momento perfecto te lleve a ese lugar que anhelas y al que solo puedes llegar de su mano.